4ª semana del tiempo de Adviento 23 de Diciembre de 2010

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  • Primera Lectura: Malaquías 3, 1-4.23-24
    «Les enviaré al profeta Elías, antes de que llegue el día del Señor»Esto dice el Señor:
    «Miren, yo envío mi mensajero a prepararme el camino, y de pronto entrará en el santuario el Señor a quien ustedes buscan, el mensajero de la alianza a quien tanto desean; he aquí que ya viene, dice el Señor todopoderoso.
    ¿Quién podrá soportar el día de su venida? ¿Quién se mantendrá de pie en su presencia? Será como fuego para fundir metales y como un blanqueador de ropa. Se pondrá a fundir y a refinar la plata. Limpiará a los hijos de Leví y los purificará como el oro y la plata, para que presenten al Señor ofrendas legítimas. Entonces agradarán al Señor las ofrendas de Judá y de Jerusalén, como en los días pasados, como en los años remotos.
    Yo les enviaré al profeta Elías antes que llegue el día del Señor, grande y terrible; el hará que padres e hijos se reconcilien, de manera que, cuando yo venga, no tenga que entregar esta tierra al exterminio».
  • Salmo Responsorial: 24
    «Muéstrame, Señor, tus caminos.»Muéstrame, Señor, tus caminos, muéstrame tus sendas; guíame en tu verdad, enséñame, pues tú eres el Dios que me salva.
    R. Muéstrame, Señor, tus caminos.

    El Señor es bueno y recto, señala el camino a los pecadores, guía por la senda del bien a los humildes, les enseña su camino.
    R. Muéstrame, Señor, tus caminos.

    Todas las sendas del Señor son amor y fidelidad para quien guarda su alianza y cumple sus mandamientos. El Señor da su confianza al que lo honra, y le da a conocer su alianza.
    R. Muéstrame, Señor, tus caminos.

  • Evangelio: Lucas 1, 57-66
    «Nacimiento de Juan el Bautista»Cuando se cumplió el tiempo, Isabel dio a luz un hijo. Sus vecinos y parientes oyeron que el Señor le había mostrado su gran misericordia, y se alegraron con ella.
    Al octavo día fueron a circuncidar al niño y querían llamarlo Zacarías, como su padre. Pero su madre dijo:
    «No, se llamará Juan».
    Le replicaron:
    «No hay nadie en tu familia que lleve ese nombre».
    Se dirigieron entonces al padre y le preguntaron por señas cómo quería que se llamara. El pidió una tablilla y escribió: Juan es su nombre. Entonces, todos quedaron sorprendidos. De pronto recuperó el habla y comenzó a bendecir a Dios. Todos sus vecinos se llenaron de temor y en toda la montaña de Judea se comentaba lo sucedido. Cuantos lo oían pensaban:
    «¿Qué llegará a ser este niño?»
    Porque efectivamente el Señor estaba con él.